Iria y sus amigos organizan un plan para evitar que su abuelo, el cartero de Noaberri, pierda su empleo por falta de correspondencia. Sus cartas comienzan a transformar las relaciones entre los vecinos y sacan a la luz sentimientos, secretos y heridas del pasado.
Los escribidores de cartas presenta la escritura como una forma de expresar afecto, pedir perdón y acompañar a quienes se sienten solos. La amistad entre los niños y el vínculo de Iria con su abuelo sostienen una historia en la que la ayuda entre generaciones ocupa un lugar central. Sin embargo, los protagonistas recurren repetidamente a la mentira y a la manipulación de correspondencia ajena: abren sobres, modifican mensajes y escriben haciéndose pasar por otras personas. El propio texto identifica estas conductas como delitos, pero las trata con humor y sus resultados suelen ser favorables. Este es uno de los aspectos más relevantes para comentar con los lectores: el deseo de ayudar sirve de justificación narrativa para invadir la intimidad y decidir por otros.
Hay una mención explícita de homosexualidad femenina. En el capítulo 24, la estanquera escribe a quince hombres para pedirles que dejen de intentar ligar con ella y añade: «Además, para que lo sepas, me gustan las mujeres». El mensaje se reproduce en dos cartas y se explica que los quince destinatarios reciben el mismo contenido. La declaración se presenta como un alivio para el personaje; posteriormente, los hombres le envían disculpas. Es una referencia breve, integrada con naturalidad en la convivencia del pueblo, sin desarrollar una relación sentimental entre mujeres.
La situación familiar de Iria tiene un peso emocional importante. Vive con su abuelo porque sus padres no podían cuidarla, aunque no se explica el motivo. Por vergüenza y por miedo a que los demás crean que la abandonaron, ha inventado que es huérfana. Su confesión permite mostrar la inseguridad de la niña y el valor del cuidado que recibe de su abuelo. En otra historia familiar, la esposa del alcalde se marcha después de la muerte de su hijo porque no soporta la tristeza. Además, una vecina amenaza humorísticamente con pedir el divorcio si su marido no remedia su mal aliento.
El contenido más doloroso es la muerte por ahogamiento de un niño de seis años. Se revela progresivamente y explica tanto el resentimiento del alcalde como la culpa del cartero, que estaba cuidando a los niños cuando ocurrió el accidente. No se describe con detalles gráficos, pero el duelo, la pérdida de un hijo y la dificultad de perdonar atraviesan toda la novela.
El lenguaje combina expresiones coloquiales con algunas vulgaridades explícitas. En el capítulo 27, Pep califica el plan de «una mierda» y después de «una mierda pinchada en un palo». También aparecen expresiones como «gafas de culo de vaso», «qué narices» y usos exclamativos de «demonios». Son intervenciones puntuales, aunque el pasaje de Pep concentra un lenguaje más grosero.
Por último, Jordi tiene un trastorno obsesivo compulsivo, participa en terapia y muestra obsesiones relacionadas con la limpieza. Sus comportamientos se utilizan con frecuencia como recurso humorístico y se le identifica reiteradamente mediante su plumero o su preocupación por los ácaros. La difusión de una fotografía del abuelo sin permiso también introduce el problema de la privacidad en internet: los niños piden retirar el vídeo, pero descubren que compartirlo lo ha vuelto difícil de controlar.
