LA CHICA QUE LANZABA VERSOS AL AIRE

La chica que lanzaba versos al aire, de Andrea Longarela, es una novela juvenil protagonizada por adolescentes de unos quince y dieciséis años que habla de soledad, acoso escolar, inseguridad, relaciones familiares difíciles, primeros amores y la necesidad de sentirse querido y comprendido. Aunque su tono tiene momentos tiernos y la escritura ocupa un lugar muy positivo como refugio para la protagonista, hay contenidos emocionalmente delicados y otros propios de una novela romántica adolescente que conviene conocer antes de recomendarla a menores.

Blue es una adolescente introvertida que se siente diferente a los demás y que sufre las burlas de sus compañeras. Desde las primeras páginas se aprecia que no estamos simplemente ante una chica tímida: su percepción de sí misma está profundamente deteriorada. Piensa que «Blue no encajaba», que «Blue se sentía un cero a la izquierda» y que no era nadie que destacase por nada. La escritura y los libros se convierten en su escondite, una forma de construir mundos en los que puede ser una persona diferente.

El acoso escolar que recibe es bastante evidente. Mia y otras compañeras se burlan de su ropa y de su forma de ser, llegando a preguntarle: «¿Tanto esfuerzo te cuesta ser normal?». En otra escena, Mia se apodera de la libreta privada de Blue delante de otros alumnos y, después de ridiculizarla, la arroja lejos y le ordena: «Si la quieres, ve a por ella. Vamos, perrito. Sé obediente». Blue termina llorando mientras siente sobre ella las risas y las miradas de los demás. No son, por tanto, bromas aisladas entre compañeros, sino una humillación que tiene consecuencias importantes sobre su autoestima.

Precisamente por ese aislamiento aparece el contenido que consideramos más delicado de toda la novela: el suicidio y el deseo de desaparecer. Blue fantasea con marcharse de casa sin dejar una nota y reflexiona sobre las diferentes maneras en las que una persona puede desaparecer. La narración llega entonces a formular directamente: «¿Quitarse la vida?». Blue ha leído sobre el suicidio y recuerda incluso que «un chico de su instituto había dado ese paso el curso anterior dando algunos de más sobre las vías del tren». El libro añade que había descubierto que existían muchos modos de hacerlo, aunque no entra en instrucciones concretas.

Es importante señalar también cómo lo matiza la propia novela, porque Blue no manifiesta querer suicidarse. El texto establece expresamente la diferencia: «Blue no se ubicaba dentro de este grupo de personas que querían huir de la vida. Blue solo quería huir de su vida». Aun así, para una guía destinada a padres, no consideraríamos esta una referencia menor. El suicidio aparece nombrado directamente y se relaciona con una adolescente que atraviesa una situación de soledad, rechazo y baja autoestima.

La situación familiar de Blue tampoco es sencilla. Sus padres están separados y el padre ha rehecho su vida con otra familia. Apenas mantiene contacto con su hija y la llama unas pocas veces al año. Blue piensa en él como un padre que «había rehecho la suya con otra familia» y recuerda que tiene otros dos hijos. Esta ausencia le duele especialmente porque siente que aquellos niños reciben el afecto paterno que a ella le falta. La novela contrapone incluso el regalo que él le envía por su cumpleaños con lo que Blue realmente desearía: «Blue habría preferido un abrazo a una flor que se secaba en apenas unos días».

La protagonista vive con su madre, Johanna, y con la presencia habitual de Edward, el novio de esta. La nueva relación está completamente normalizada en la vida familiar: «A su derecha, su novio desde hace dos años, seis meses y cuatro días me mira, esperando su propio saludo». Blue contempla además los besos y arrumacos de ambos y recuerda ocasiones en las que «mamá y Ed se besaban» y «no dejaban de tocarse».

Más preocupante que la existencia de esta nueva pareja es la mala relación entre Blue y su madre. La adolescente siente que Johanna desearía tener una hija diferente, más sociable, atractiva y parecida a ella. Blue llega a afirmar: «No sé lo que somos más allá de madre e hija por cuestiones puramente biológicas». En otro momento se pregunta cómo puede ser feliz «viviendo bajo el mismo techo que el enemigo», aunque inmediatamente reconoce que sí quiere a su madre. La novela retrata, por tanto, una relación madre-hija llena de incomunicación y resentimiento, no una simple discusión adolescente puntual.

También hay cuestiones relacionadas con la imagen corporal. Blue interpreta las recomendaciones alimentarias de su madre como críticas hacia su cuerpo. Cuando Johanna le propone tortitas de arroz en lugar de cereales, Blue entiende implícitamente: «No deberías comer tanto azúcar. Tienes las caderas anchas y una talla más de pantalón que yo». Otra adolescente es caracterizada por tener «un problema de sobrepeso», mientras que Mia aparece descrita con «curvas poco propias en una adolescente de quince años». Las comparaciones físicas y la sensación de no alcanzar el modelo de belleza de otras chicas están bastante presentes.

Jake, el otro personaje importante de la novela, también tiene una figura paterna ausente, aunque por circunstancias diferentes. La desaparición de su padre le ha afectado profundamente y él mismo relaciona su tendencia obsesiva a investigar aquello que no comprende con ese acontecimiento: «Desde que él no está, mis dotes de detective se han activado en varias ocasiones». La ausencia y el abandono paternos son, por tanto, elementos recurrentes en la construcción emocional de los protagonistas.

En cuanto a noviazgos, enamoramientos y besos, tienen bastante presencia y forman parte natural del mundo adolescente que presenta la novela. Desde el principio encontramos parejas estables. Hailey y Gavin «llevan dos cursos saliendo» y Jake reconoce sus celos al contemplarlos juntos: «Lo odio. Lo odio porque la besa; porque la abraza; porque ella, aunque le grite, también le quiere». Jake lleva años enamorado de Hailey y dedica bastante atención a observarla, imaginar una posible relación con ella y pensar en su aspecto físico.

La atracción física masculina aparece expresada con bastante claridad. Jake ve a otro adolescente «mirándoles el trasero» a unas chicas y reconoce inmediatamente: «Es un cerdo. Yo también lo hago a veces, pero disimulo mucho mejor». En otra ocasión, Greg dibuja en un pupitre «unas tetas grandes», y posteriormente hace «un gesto obsceno sobre su pecho» mientras habla de una posible chica. Son referencias sexuales humorísticas y vulgares propias de conversaciones adolescentes, aunque no constituyen escenas sexuales.

También se describen conductas románticas y sensuales entre estudiantes. Se habla de jóvenes que «se besan en los descansos y vuelven a clase con marcas en el cuello y los labios hinchados», una referencia bastante clara a besos intensos y marcas producidas durante esos encuentros. En las relaciones principales aparecen además proximidad corporal, roces, atención a los labios y deseo de besar a la otra persona.

La novela también recupera el primer amor de Blue desde una edad temprana. Su historia con Kaden incluye un primer beso cuando todavía eran preadolescentes. El beso se presenta sentimentalmente y tiene importancia en el recuerdo de Blue, que conserva las sensaciones asociadas a aquel momento. Esto hace que la categoría de amoríos infantiles o juveniles esté claramente presente: no se limita a adolescentes mayores que ya tienen pareja, sino que se recuerda positivamente el despertar sentimental de los personajes desde edades anteriores.

Hay además alusiones al sexo entre adolescentes, aunque no encontramos una escena sexual explícitamente narrada. Una de las situaciones más claras se produce cuando se habla de una pareja que podrá estar en casa sin los padres. Otra chica pregunta directamente «¿Vais a hacerlo?», y la respuesta es insinuante. Blue llega a imaginar a la pareja abrazada sobre una cama y distingue entre las caricias inocentes que recuerda y otras de carácter «más íntimo». El sexo, por tanto, no está ausente como concepto, aunque la novela no se convierte en erótica ni describe gráficamente una relación sexual.

Greg también introduce el tema mediante el humor cuando Jake le pregunta si va a ser padre. Greg responde que para eso tendría que convertirse en un chico con quien Isabella quisiera mantener «un contacto más íntimo». Este tipo de bromas, unido a los comentarios sobre pechos, traseros, besos y parejas, hace que el ambiente sentimental y sexual sea claramente adolescente.

Las drogas aparecen mencionadas, aunque es importante no dar una impresión equivocada sobre su presencia. Blue dice expresamente: «No tomo drogas. He oído en el instituto que algunos han fumado alguna que otra cosa prohibida, pero juro que nunca, en toda mi vida, he probado nada similar». La protagonista, por tanto, no consume; la referencia sirve precisamente para descartarlo cuando experimenta algo que le parece inexplicable.

También se menciona que algunos alumnos fuman a escondidas, y el alcohol forma parte de algunas referencias ambientales. Blue imagina, por ejemplo, la típica fiesta adolescente clandestina con «veinte adolescentes […] bebiendo cerveza y bailando sin camiseta en su salón», pero inmediatamente deja claro: «No obstante, yo no soy una de esas chicas». De nuevo, existe la referencia a la conducta, pero no se presenta a Blue participando en ella.

El lenguaje malsonante sí tiene una presencia bastante mayor. Los adolescentes utilizan expresiones como «joder», «mierda», «capullo», «imbécil» y otras similares con naturalidad. Greg dice, por ejemplo, «Me importa una mierda», mientras Jake exclama «Oh, joder…». También se llaman «capullo» o «idiota» entre amigos. No es una novela construida alrededor de un lenguaje extremadamente vulgar, pero tampoco puede calificarse como una lectura de lenguaje limpio.

Hay, sin embargo, un componente fantástico que merece explicarse. Blue crea mediante la escritura a Apple, la Chica Manzana, y este personaje termina apareciendo ante ella como si hubiese cobrado vida. La propia Blue expresa su desconcierto: «Hay una chica en mi habitación. Una chica que conozco porque habita en mi cabeza. Una chica que he inventado yo». Incluso intenta convencerse de que no está bajo el efecto de ninguna sustancia porque lo que contempla parece imposible.

Este elemento no se desarrolla mediante brujería, conjuros, rituales, ouija, espiritismo o invocación de muertos. Es un recurso fantástico vinculado a la imaginación y a la escritura de Blue. Hacia el final se expresa poéticamente la idea de que «la chica de los versos tenía la capacidad de hacer magia con las letras».